Hoy murió Piero, y con él se va una parte de la banda sonora de mi juventud. Nunca lo vi en persona y él jamás supo que existí, pero le debo más de lo que él pudo imaginar.

En mi primer semestre de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional, mi papá me daba 200 pesos para la semana. Alcanzaban para un día, día y medio como máximo, y no había de dónde sacar más. Como toco guitarra y canto (eso pretendo), resolví subirme a los buses. Trabajaba de dos a cinco de la tarde, los lunes, martes y miércoles, y con eso reunía unos 900 pesos. Eso me alcanzaba para el transporte, la comida, las fotocopias y todo lo que exigía estudiar.

De todo lo que cantaba en esos buses, nada conmovía tanto a la gente como Mi viejo. Cuando empezaba, el bus cambiaba. Había pasajeros que se quedaban en silencio, otros se emocionaban, y el agradecimiento se notaba después en las monedas. Esa canción me ayudó a pagar mi carrera, sin exagerar.

Por eso mi gratitud con Piero es concreta. Su canción me dio de comer, me llevó a la universidad y me enseñó que la música puede ser un trabajo digno y también un puente entre desconocidos. Sin saberlo, fue parte de mi formación como ingeniero.

Hoy, al despedirlo, se mezclan la nostalgia y el agradecimiento. Cierro los ojos y vuelvo a ser ese muchacho con la guitarra, de pie en el pasillo de un bus, cantándole a un padre que no era el mío pero que era el de todos.

Gracias, Piero. Descansa en paz.

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